
Inédita en España. La homosexualidad y la heterosexualidad son dos perversiones. La única sexualidad natural es la bisexualidad de la omnisexualidad… Esta idea singular y atrevida, mitad exploración sexual mitad provocación, es de lo poco que me ha quedado claro viendo este mediometraje experimental. Un pensamiento biosociológico, coherente además con la época de la revolución sexual de finales de los 60, en el que está filmado.
¿Cuál es el objeto del resto de metraje? ¿En qué consiste este experimento audiovisual sobre un experimento científico, o a la inversa? Ni pajolera idea, la verdad. Pero intentaré hacer un comentario crítico sobre qué es o qué pretende ser Stereo, subtitulada “Tile 3B of a CAEE Educational Mosaic” (sic). Esta obra abstracta, distante y fría, está filmada e
n contrastado Blanco y Negro. Se ambienta en una supuesta Academia Canadiense de Investigación Erótica del futuro (digamos 1996), sita en un edificio moderno, gélido y desolador -en verdad, el Scarborough College de la Universidad de Toronto-, en el que un grupo reducido de pacientes se someten a un experimento de telepatía, en base a las teorías parapsicológicas de Luther Stringfellow (nombre ficticio).
El misterioso y ambiguo título, Stereo, nada tiene que ver con el sonido mono o estereofónico. En mi opinión, podría apelar simbólicamente a la dualidad hombre-mujer. Gran parte del tiempo, escuchamos voces en off, masculinas y femeninas, indeterminadas, que rompen los habitualmente molestos silencios. Cuando hablan, la sensación es todavía p
eor. Majestuosas e interminables parrafadas, con sinuosas y cargantes referencias a términos, acepciones y definiciones psicológicas, especialmente, sobre la Psicología de la Gestalt (= forma, estructura, creación). Cronenberg apunta a la creación formal -la propia película en sí-, y a su vez, a través de las imágenes, a la percepción de la experiencia, a las formas simples e iguales, al todo por encima de la suma de sus partes. Todo este rollo patatero científico y metafísico, también puede escucharse y entenderse de modo irónico (aunque, por ello, no d
eja de ser inaguantable y cansino), dada la frustración y el desencanto hacia las carreras de ciencias por parte del director, quien acabó graduándose en Literatura en la Universidad de Toronto.
Lo que está claro es que a David Cronenberg (Toronto, 1943) le interesaban, desde su juventud, tanto los procesos psicológicos como biológicos (cerebrales), no sólo de los personajes, sino del propio espectador. En b
oca del autor de Inseparables (Dead Ringers, 1988): “Como cineasta, me hago preguntas, pero no tengo respuestas. Hacer Cine es una exploración filosófica. Invito al público a sumarse en este viaje y descubrir lo que piensan y sienten”.
Stereo resulta un pilar fundamental en la realización de la posterior Scanners (1981), y en cierto modo también para La zona muerta (The Dead Zone, 1983) y Spider (2002), pero el resultado en sí mismo, a la hora de valorarlo y de analizarlo, es otra cosa.
El metraje de Stereo abusa de planos generales, con
una intención clara. No se busca la expresividad cercana. En todo caso, la carencia de afectividad y emociones. La deshumanización está detrás de estas imágenes vacías y desoladoras. Los personajes, enmudecidos en medio de este paraje de hormigón, laberíntico y gigantesco, les reduce a convertirse e
n pequeños e insignificantes insectos enjaulados.
También se aboga a la morfología, es decir, a la “parte de la biología que trata de la forma de los seres orgánicos y de las modificaciones o transformaciones que experimenta”. Relaciones sexuales polimórficas, inducción biomecánica, consciencia y subconsciente freudiano, procesos evolutivos y distorsionados de la personalidad a raíz del sexo –con o sin drogas y afrodisíacos psíquicos de por medio-…
Supongo que tod
o ello está, de forma presente o figurada, relacionado con lo que vemos en pantalla: la confusión de estos jóvenes con pinta hortera de trovadores -o semidesnudos con una capa negra aristocrática-, compartiendo chupete bajo una sombrilla al sol. O con esa chica sumisa esperando un orgasmo telepático, que nunca llega. O con las reiterativas pastillas denominadas “El amor todo lo puede”. O con ese ménage à trois, interesante artísticamente por formar esa amalgama de cuerpos,
perdiendo la identidad sexual. O con ese idiota que golpea a la mujer o que se lanza de cabeza contra una pared, completamente frustrado… Aunque está ahí, de algún modo, el descontrol de la violencia, la degradación del ser humano y el grado se suicidio al que lleva -o podría llevar- este tipo de experiencias psicológicas, no se muestra tan impactante y explícitamente como en El experimento (Das Experiment, Oliver Hirschbiegel, 2001).
Esta extraña pieza de art cinema y ciencia-ficción underground, mosaico de cine silente (rodado así, sin sonido directo, forzadamente, p
ara paliar el tremendo ruido de la cámara), falso documental educativo y cine experimental, podría emparentarse a los cortometrajes y documentales más vanguardistas de Alexander Kluge, padre del Nuevo Cine Alemán. Sin olvidarnos de dos referentes del fantástico: Persona (1966) y La hora del lobo (Vargtimmen, 1968), del gran maestro Ingmar Bergman.
También hay un comentario inicial y final sobre un t
ipo (¿Uno de los protagonistas de Stereo? ¿Algún espectador? Es broma…) quien, tras un experimento así, se taladró literalmente el cráneo. Imagen grotesca que Darren Aronofsky no pudo evitar mostrar en su tortuosa y paranoica opera prima, Pi, fe en el caos (Pi, 1998), a su vez herencia directa de la surrealista Cabeza borradora (Eraserhead, 1977) de David Lynch. Todas ellas indagan, indirecta o directamente,
formal y radicalmente, en los temores, poderes, obsesiones y horrores de la mente y el cuerpo humano.
Tanto Stereo como estas otras películas de culto, Cabeza borradora y Pi, fe en el caos, son algunas de mis bestias negras de la postmodernidad cinematográfica. No por su narr
ativa anti-convencional y sus logradas atmósferas, sino porque me aburren y me fatigan soberanamente. Sobrepasan mis niveles permitidos de pedantería, pretenciosidad y sopor. Lo poco más de una hora que dura Stereo es un verdadero sufrimiento para las retinas, un fatigoso tour de force para el espectador.
Paradójicamente, me quito el sombrero ante su osadía, al haber apostado Cronenberg, Lynch y Aronofsky por arriesgados proyectos personales para comenzar sus carreras cinematográficas (caso de Stereo, realizada entre amigos con 3.500 $), sin buscar el éxito o los elogios inmediatos o posteriores. En suma, fueron el primer –y necesario- paso de aprendizaje hacia la realización de posteriores grandes películas, incluso obras maestras, en manos de estos mismos autores. No hay quien entienda la mente humana… ¿Verdad?
Iván Barredo
Secuencia inicial de 4 minutos de STEREO (Siento que la imagen no esté en anamórfico, como debería ser):
Nacionalidad: Canadá. Actores: Ronald Mlodzik, Jack Messinger, Iain Ewing, Clara Mayer, Paul Mulholland. Duración: 65 minutos.








